El espiritista (Augusto Fernando, 1977)

Alberto Ramos (Vicente Parra), uno de los más prestigiosos fotógrafos de moda de Lisboa, tiene una doble vida profesional: por las noches saca a relucir sus supuestos poderes parapsicológicos en las sesiones espiritistas destinadas para todo aquel que quiera contratar sus habilidades con el más allá. Estrechamente relacionado con las clases altas lisboetas, ofrece sus servicios a cambio de la voluntad, pero un día una de estas sesiones no acaban como él esperaba: el espíritu del difunto marido de la adinerada Margarita Malveira (Norma Kastel), quien recurre a Alberto para entrar en contacto con él, parece poseer con vehemencia al espiritista, hasta el punto de obligarle a un cuidado perenne de su esposa a todos los niveles.

El espiritista es una de esas películas injustamente soterradas dentro de la producción europea relativa al fantástico de los años 70. Si bien gracias a su régimen de co-producción entre España y Portugal podría tildarse de una aportación más al llamado fantaterror hispánico (en este caso, debido a la escasa trascendencia que tuvo en su día, de menor calado), tiene para sí ciertas particularidades que la convierten en una película muy singular, con unos rasgos personales que dan naturalidad propia tanto a las taras como a los aciertos que en en ella pudieran verse. Uno de sus principales valores es la mezcla de géneros, que hacen de ella una fusión entre el drama de cierto aire costumbrista y el terror sobrenatural. Con el personaje principal como nexo de unión, respecto al primer género, la película presenta a un protagonista sumido en cierto sector de la sociedad lisboeta (su profesión, la moda, así se lo permite), con sus relaciones entre la alta alcurnia de la capital portuguesa, y el recorrido que se propone a través de las calles de la ciudad, sus bares exquisitos, etc. Esto le sirve para llegar al otro personaje principal, la viuda aburguesada Margarita Malveira, que detona el principal eje argumental al utilizar a Alberto como método de invocación espiritual de su marido. La supuesta posesión que este hará del espiritista interpretado por Vicente Parra fluirá la película hacia los tropos del terror parapsicológico, de amplia tradición en aquella década de los 70, sucumbido en el grupo de escenas en los que el protagonista parece sufrir las posesiones del difunto marido. Es ahí donde El espiritista confluye con más fuerza en su variopinta convergencia entre drama y terror, aunque esos momentos dedicados al horror no salgan tan bien parados como se podría esperar. Aún así, la película puede presumir de una alienación extraña en su atmósfera, la curiosa mezcla entre el retrato social (las miserias propias de la burguesía, con una herencia de por medio, no tardarán en aparecer), dentro unas luminosas calles lisboetas con el ambiente bohemio de sus bares (fado incluido), que acompañan a las recreaciones un tanto paródicas de las situaciones anexas al terror; estos vierten su peso en la labor interpretativa de Parra, quien debe añadir intensidad ante los maullidos felinos con los que el difunto se le presenta. Se insiste en que estas secuencias de impacto no logran el punch esperado y necesario debido principalmente a la más que evidente escasez de medios, donde da la sensación de que su director tiene unas pretensiones artísticas que van mucho más adelantadas al verdadero potencial de la producción. Aún así, esta disyuntiva aporta una confluencia positiva en contraposición a la otra coyuntura a la que la película quiere recurrir, y donde se dan pistas en su póster: el erotismo. Los encuentros carnales entre los dos protagonistas no se harán esperar, sondeando la idea de la relación íntima sobrenatural con cierto calado folclórico en su ideario (como una relectura de la mitología de los íncubos y súcubos), añadiendo aún más demencia formal a las pretensiones de la película, no siendo ajena a la ambigüedad como bien quedará demostrado en su acto final.

De su reparto cabe destacar a su protagonista, Vicente Parra, galán español que unos pocos años después de La semana del asesino (Eloy de la Iglesia, 1972) sumaba, junto con aquella, otra participación más alejada a los prototípicos roles que acostumbraba a interpretar. Le acompaña Norma Kastel, efímera actriz del cinemabis hispánico a la que se había visto, entre otras, en La rebelión de las muertas (Leon Klimovsky, 1973), El último escalofrío (Tendre et perverse Emanuelle, Jess Franco, 1973) o El colegio de la muerte (Pedro L. Ramírez, 1975). En pequeñas apariciones, podemos ver a otros rostros de absoluto culto como Antonio Mayans, Sandra Mozarowsky Carmen Carrión o María Salerno. Parte de una historia ideada por el director y productor Augusto Fernando, un completo desconocido y del que sólo se conoce su participación en esta producción, catalogado como “cineasta maldito” entre los aficionados al cine fantástico portugués. La película tuvo un estreno en salas en aquel país el 2 de septiembre de 1977, bajo el título de O Espirita. Según la web del Ministerio de Cultura, en España se estrenaría el 31 de diciembre de 1975 (cabe la posibilidad de que sea un error), con 81.566 espectadores que dejarían una recaudación de 30.429 euros, si hacemos la conversión desde las antiguas pesetas; en distribución en salas tendría el título de El espiritista, con un póster en el que una pata luciferina tapaba, muy hábilmente, el pecho de Norma Kastel y donde se acredita erróneamente a María Kosty, quien no aparece en la película. Para el mercado videográfico español se añadió a su título “El Exorcista III”, aprovechando su temática para hacerla pasar por una secuela del exitoso film de William Friedkin. El espiritista tuvo un pase especial en el prestigioso festival de cine fantástico Motel X, en Lisboa, en su edición de 2017, con la intención de recuperar una obra absolutamente subterránea dentro de la ya escasa producción fantástica de autoría portuguesa. Tuvo que proyectarse en una copia en VHS digitalizada, la única manera en la que hoy en día se encuentra la obra. Allí se dijo que dentro de la escasa información que circula acerca tanto de la película como de su creador, se cree que Augusto Fernando era un cineasta que en aquel momento vivía en España y que volvió a su país de origen para rodar esta historia contando con un equipo de producción español, entre el que se encontraba el director de fotografía Javier Pérez Zofio (quien colaboraría habitualmente con Jess Franco) y el mánager de producción Joaquín Domínguez, directamente venido del rodaje en Madrid de la ya citada El colegio de la muerte.

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