Dossier Lovecraft: “En Las Montañas De La Locura”

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Así pues, he de poner fin al silencio y hablar incluso de aquella postrera cosa sin nombre que se encuentra más allá de las montañas de la locura

En Las Montañas De La Locura es una de las piezas angulares de la literatura “lovecraftiana”. Escrita en 1931 y publicada en la revista pulp Astounding Stories, suele ser uno de los primeros caminos escogidos por muchos neófitos del autor de Providence para iniciarse en su obra, debido a su gran popularidad dentro de la literatura fantástica. Craso error, que dirían algunos, ya que el relato es uno en los que las formas y herramientas del escritor están presentadas de una manera extrema, lo que puede llevar a la desesperación  de sumergirse en una narración tremendamente densa poco habituada dentro de la literatura del horror, de la que Lovecraft es erigido como uno de sus máximos exponentes. Analicemos las principales características de esta pieza clave del horror literario y excelsa muestra de comprobación las maneras con las que Lovecraft compone su concepción del horror. Sigue leyendo

Dossier Lovecraft: “Herbert West: Reanimador”

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“De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que desapareció recientemente, sino que tuvo origen en la naturaleza entera del trabajo de su vida.”

Justo un día después de que se celebrase por las redes sociales y rincones virtuales varios el aniversario de Howard Phillips Lovecraft (ayer hubiera cumplido 124 años) se inicia en el Gabinete un dossier dedicado a su obra. Nacido el 20 de agosto de 1890 en Providence, Estados Unidos, Lovecraft es una de las cunas de la literatura fantástica clásica. Su huella dejó para la posteridad una concepción  del horror inexacto, siempre en fiel apuesta por el género bajo unas influencias de corte clásico como pudieran ser los seres de corte mitológico de Algernon Blackwood o la densidad argumental de un Edgar Allan Poe con el que compartía la obsesión de una tortuosa existencia. Imágenes sobrenaturales arrinconando emocionalmente a sus personajes, la composición de un universo onírico o una narrativa poblada de las reconstrucciones formales de lo abstracto, son algunas características de uno de esos literatos claves dentro del fantástico, al que ha ayudado a la hora de darle consistencia como género.

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Iniciamos el recorrido por Lovecraft con una de esas obras que, de no haber sido por una adaptación fílmica, hubieran permanecido dentro del reducto artístico más desconocido del autor. “Herbert West: Reanimador”, es la historia contada en primera persona por el ayudante de un estudiante de medicina que trata de conseguir la forma de revivir a los muertos. Nacida como una parodia confesa al mito de “Frankenstein”, el moderno prometo de Mary Shelley, del que usurpa la idea del científico obsesionado por un propósito de naturaleza irreal, para cuya resolución no escatima en romper cualquier tipo de barrera moral. Aquí, un individuo anónimo del que pronto descubriremos que acompaña al doctor protagonista en su experimentación, nos relata  todos los prolegómenos que rodean a los hechos. Desde la necesidad de unos cadáveres frescos para poder inyectarles un propuesto de suero con el fin de devolverles a la existencia, hasta los astrosos resultados de algunas resoluciones experimentales, casi siempre encaminadas a la tragedia. Curiosa es también la relación descrita entre West y su ayudante, del que adivinamos un punto de vista que destila un tono de pavor y desesperación ante las fatalistas consecuencias de los hechos pero que al mismo tiempo parece sentir una especial atracción de todo ello.

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La obra está dividida en seis capítulos que recorren segmentos biográficos de West durante sus investigaciones. Aunque en un principio las intenciones por parte del autor eran las de componer un relato corto, la obra se extendió en otros cinco que aún siendo auto-conclusivos guardan entre sí cierta unidad, a pesar de caer en algunos detalles redundantes. “Desde La Oscuridad”, que nos sitúa en los primeros años de West en la prestigiosa Universidad de Miskatonic (enclave habitual del universo ficticio creado por el escritor), da inicio al relato describiendo uno de los primeros fallidos intentos en la gran ambición de resucitar a los muertos. A partir de aquí Lovecraft da origen a la descripción de la esquizoide personalidad de West, acontecida a partir de esa imposibilidad de dominar su experimentación. La cosa no mejorará en “El Demonio de la Peste”, cuya trama principal (recordemos, siempre narrada por el anónimo ayudante) se para aquí en las aventuras de ambos protagonistas por la búsqueda de cadáveres “frescos” sobre los que poder trabajar: aún no ahondando en características científicas profundas, Lovecraft sí da ciertos apuntes como en los concernientes a la descomposición de los cuerpos. West necesita cadáveres de fallecimiento muy reciente para sus propósitos. En este segmento el autor encamina la obra a través de algún que otro toque de mordacidad, añadiendo una curiosa comicidad al funesto calado de la historia. “Seis Disparos a la Luz de la Luna” es el tercero de los capítulos, donde el mad doctor y su pupilo trasladan su centro de operaciones al terreno rural. Sitúan su laboratorio en un recóndito paraje alejado de la civilización, para que su búsqueda de cuerpos inertes pase lo más desapercibida posible. El final, donde una de las abominables criaturas surgidas a raíz de los experimentos clama su ira contra su “creador”, es cruelmente bello y una de las situaciones más extremas de toda la obra. No perdérselo.

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El Aullido del Muerto” tiene en su narrativa un corte mucho más intimista, por decirlo de alguna manera, centrándose en muchos aspectos sobre West que antes solo parecían ser meras suposiciones. No deja de ser una especie de preámbulo a la traca final que suponen los dos últimos episodios, además de centrarse en algún que otro aspecto de la experimentación como las reacciones cerebrales. “El Horror de las Sombras” viene presentado por un cambio de escenario tan grandilocuente como es el viaje de West a la Primera Guerra Mundial, tras llegar a la tenaz conclusión de que la contienda supone un campo de recolección de frescos cadáveres insuperable. El más completo de todos los capítulos, en él nuestro desequilibrado protagonista se ofrece a participar en la llamada Gran Guerra para prestar labores de ayuda aprovechando sus conocimientos de medicina, aunque sus verdaderos propósitos ya son para el lector muy obvios. Trae consigo además otra de esas mini-tramas donde la épica de lo macabro nos ofrece a un Lovecraft más irónico que nunca, no escondiendo el calado cuasi-paródico de la obra completa. Como colofón a este “Herbert West: Reanimador”, un desenlace grotesco y majestuosamente funesto: “Las Legiones de la Tumba”, donde todas esas grotescas y burlescas creaciones que han dado de sí sus extremos experimentos se rebelan contra West clamando venganza. La eterna rebelión de la creación ante el creador, aquí dibujado como abrupto desenlace para erupcionar la atmósfera fatalista que rodea a la obra en su conjunto.

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Aunque, como se señala al principio del texto, “Herbert West: Reanimador” ni se considera ni encuadra como pieza clave para descubrir los arquetipos de la literatura “lovecraftiana”, en el relato sí encontramos elementos que lo hacen muy destacable: la facilidad con la que se mezclan la tensión con esa reversión irónica del horror (camino por el que discurrirían las adaptaciones fílmicas), como la habitual descripción de los hechos del autor (que apoya cierto cometido en potenciar lo grotesco de la historia), hacen muy recomendable la lectura de esta obra segmentada. Además, la agilidad narrativa nos regala un personaje singular, paradigma de la demencia y con el que es inevitable caer en el hechizo de su desequilibrio: el Doctor Herbert West, que gracias a la explotación de su carácter mordaz bajo la piel de Jeffrey Combs en “Re-Animator” (íd, Stuart Gordon, 1985) ya es todo un icono dentro de la imaginería del fantástico.

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