Sarah Young, la estrella X que conquistó Europa en los 90

En la década de los 90 nombres como los de Jenna Jameson, Tera Patrick, Asia Carrera, Ashlyn Gere o Silvia Saint se llevaron todo el peso de la popularidad en la industria del cine pornográfico. Su trabajo en multitud de películas norteamericanas en las que se rodearon de algunos de los creadores más ilustres del género, las elevó a la categoría de grandes musas del cine para adultos del citado decenio. Pero al mismo tiempo que Estados Unidos generaba sus mitos, la industria europea no se quedaba atrás, con Italia a pleno pulmón industrial, incluso con las firmas viejos conocidos del cinemabis italiano como Joe D’Amato o Mario Bianchi, entre otros. El cine porno europeo nos regaló en los 90 a una de las más carismáticas estrellas del cine X, la británica Sarah Young. Adorada por multitud de aficionados y encorsetada en un físico tan voluptuoso como afilado, su singular e intenso paso por la industria del cine X europeo dejó una huella enorme, a pesar de no ser tan recordada como el de las demás pornstars citadas. Esta es su historia.

Sarah Louise Young nace en Sidcup, Kent, Inglaterra, el 15 de abril de 1971. Sus comienzos no son muy diferentes a los de otras compañeras de profesión, comenzando en el modelaje con tan sólo 15 años; un fotógrafo se la cruzó por la calle y le ofreció posar desnuda para The Sun, lo que rápidamente llamó la atención en el mundillo del entretenimiento erótico. Un amigo es quien le ofrece, con 18 años, entrar en la industria del porno y aunque hace algunos pequeños trabajos para compañías como Private (con un reportaje fotográfico en la Costa del Sol), su meteórico ascenso comienza cuando conoce a un magnate del cine para adultos, el alemán Hans Moser, con quien de hecho comienza una relación llegando a contraer matrimonio en 1991 con, según tengo entendido, una boda express en Las Vegas. Moser, típico productor todoterreno que acostumbraba a orbitar su producción en torno a sus esposas, venía de un complicado divorcio con la también pornstar Teresa Orlowski, a la que Moser convirtió en su epicentro mercadotécnico creando multitud de colecciones de vídeos filmados con ella como musa del audiovisual para público adulto. Moser, más conocido por su habitual pseudónimo Sascha Alexander, repitió jugada con Sarah Young llevándosela a Alemania y convirtiéndola en todo un fenómeno audiovisual para los ávidos consumidores porno del momento. La hizo protagonista de una serie de producciones en las que Sarah era la principal marca editorial, con una franquicia de recopilaciones de escenas (muchas rodadas en su propia casa) en las que la británica llegaría a compartir set con prominentes estrellas masculinas del gremio como Peter North o Sean Michaels; Sarah, con un físico digno de la típica voluptuosa bomba sexual morena que muchos veían como un (aún más) explosivo émulo de la italiana Sabrina Salerno, se ganó su peso específico en la industria mostrando una dedicación excelsa en cada escena, ayudada por un enorme par de pechos convenientemente operados y una facilidad para aceptar cada uno de los retos que su marido le proponía, entre multitud de tríos, orgías y escenas anales, algo que no estaba tan a la orden del día en aquel momento en la capa más superficial de la industria.

Moser convierte a Sarah en su marca bajo el sello Sarah Young Communications, ambos se establecen un buen tiempo en las Islas Baleares, y él hace de ella todo su andamiaje empresarial fagocitado por el incipente mercado de vídeo. Series como Sarah Young Private Fantasies, The Sarah Young Collection o The Best of Sarah Young se convirtieron en auténticos fenómenos en el mercado del VHS; incluso Sarah pudo dar rienda suelta como creativa, ya que la marca Sarah Young’s Private Moments lleva su firma como directora. Una etapa, por cierto, en la que, como hemos dicho, tiene una importante conexión con España, estableciéndose por una buena temporada en la isla de Ibiza. Por contra, el crápula alemán privó al público de ver a Sarah Young en unas producciones cinematográficas más acordes a los inicios del género, es decir, y por paradójico que parezca, esas películas con líneas argumentales y con variedad de producción. Algo que, afortunadamente, cambiaría con el divorcio de Sarah Young y Hans Moser en 1994; dicen las malas lenguas que al productor alemán le ocurrió exactamente lo mismo que con su anterior musa, Teresa Orlowski. Y es que Young, tras unos pocos años trabajando en exclusiva para el que era su marido, huyó de las garras del magnate dejándole, según se rumorea, sin un duro, y pudiendo explotar ella misma su propia marca, inaugurando además una línea de sex shops y su propia página web, algo casi inédito en aquel internet primigenio. Es en este momento cuando, según se cuenta, se pasó por el late night español Esta noche cruzamos el Mississippi, presentado por Pepe Navarro, del cual sería interesante poder rescatar el contenido videográfico de aquella entrevista (desde el Gabinete aún no se ha podido). Nuestra musa británica, además de poder manejar con independencia su status de estrella (su fama era a mediados de los 90 enorme, con homenaje en la primera edición del Festival Erótico de Barcelona incluido), pudo participar con más libertad en producciones foráneas, encontrando apasionado exilio en Italia, no siendo la primera vez que llega al país de la bota; como una pequeña expansión el imperio Moser-Young, previamente ya había participado en producciones como Napoli – Parigi, linea rovente (1991) o Tutta una vita (1992), de la factoría del insigne Mario Salieri. Ya separada de Moser, allí aparece en producciones como Hamlet: for the love of Ophelia (1995) de Luca Damiano (con Joe D’Amato metido en producción, y haciendo cameo y todo), Decameron: Tales of Desire (1995) y su secuela, también de la factoría D’Amato, Una famiglia per pene (1996) de Mario Bianchi y, entre otras, una gema en su filmografía, Sexy Killer (1997) donde de nuevo a las órdenes de Bianchi hace una estrambótica revisión de la Nikita, dura de matar (1990) de Luc Besson. Esta etapa, aunque a la postre marcase los últimos tiempos de su carrera, fue la inmersión de Young en una industria ya como una pornstar convencional, que sin abandonar su halo de estrella se sentía libre de participar en cualquier producción que picase a su puerta, y ya permitía al público disfrutar de su entrega fuera de los unos simples recopilatorios de escenas. Es curioso este periodo porque, aún manteniendo su volcánica presencia, parece manifestar en pantalla un frenesí erótico aún mayor que el visto en la época Moser, quizá para contrarrestar su condición de intérprete partícipe en una producción de género, no estando tan marcado su condición de deidad del sexo como sí ocurrió en las escenas con su ya ex marido.

Con ese aspecto de no haber roto un plato en su vida, unido a sus característicos rasgos faciales mediterráneos (a pesar de ser británica, como ya se ha dicho), Sarah Young presentaba una convergencia interesante con su manera de vivir el sexo en pantalla, con una pasión contenida que encandiló a los aficionados. La presencia de Sarah Young se caracterizó por su enorme fotogenia, ya que en las producciones de Moser todo estaba medido para su lucimiento escénico, más allá de sus evidentes dotes de entrega a las artes amatorias que exigía la escena. No se ha citado, pero cabe añadir que en aquel momento sus habituales dobles penetraciones también fueron una clara marca de la casa dentro de la factoría audiovisual que marcó con su entonces marido. En aquella primera etapa en la que rápidamente se convirtió en un cuerpo adorado, sus escenas gozaban de la mercadotecnia fotográfica digna de las entonces imperantes revistas para adultos, lo que convertía aquellas recopilaciones en un porno filmado con cierta dedicación y estilo. Sarah estaba concebida como un producto cinematográfico cuidadosamente construido, haciendo de ella toda una valkiria del sexo, y es ahí donde la cámara se aprovechaba de algunas de las aptitudes de Young de las que podemos destacar sus calculados movimientos ante la cámara, la trabajada gestualidad facial o la dedicación estilística de vestuario y maquillaje, así como la especial química con algunos de sus compañeros de escena. A este respecto, la dupla Moser-Young tenía una cantera de actores que eran de la total confianza para Sarah (ya hemos citado a Peter North o Sean Michaels), destacando al francés Christoph Clark; juntos eran pura dinamita en pantalla, y por eso Clark también fue requerido en el periplo italiano de Sarah en la industria italiana después de su divorcio. En esta etapa, como ya hemos dicho, la concepción en pantalla de nuestra pornstar favorita cambia, pero no su actitud frente a la cámara. La representación de Sarah en las producciones de D’Amato o Bianchi es asimilada con una presencia un tanto más natural (no tan idealizada a nivel de producción, pero manteniendo su hechizante presencia), y en la que con su ya dilatada experiencia se sumerge en unas películas con ciertos compromisos argumentales y unas escenas ya alejadas de la sofisticación de Moser, siendo más encauzadas hacia cierta labor cinematográfica (recordemos que estas producciones tenían idénticos mecanismos de producción que el cine exploit) y no convirtiendo a la actriz en la fantasía idealizada en pantalla a la que nos tenía acostumbrados. De esta época destacaría la ya citada Sexy Killer, una epopeya de más de dos horas de duración en la que ella es la protagonista absoluta; eso sí, la escena más famosa de este ocaso que vivió su carrera quizá fuese la mega orgía de la primera parte de Decameron, donde comparte escena con un nutrido grupo de compañeros y compañeras de reparto en una película que tuvo cierto impacto en su momento en la industria videográfica.

Sarah Young se retira en el año 1997 con dos últimas participaciones de quien sería su otro director fetiche, Mario Bianchi: Le porcone volanti (1997) y The Magnificent 7 Girls (1997); en ambas, con la presencia del carismático Roberto Malone (con el que rodó varias de sus mejores escenas de esta época), y en la segunda, compartiendo protagonismo con la alemana Kelly Trump. Después de estas producciones comunica que abandonaba el porno para estudiar derecho en Estados Unidos no sin antes recibir el Venus Award a la mejor actriz europea, seguramente merecedísimo. Ligando con la apertura de este pequeño texto de homenaje, el prestigio de Sarah Young quizá no haya gozado del impacto mediático de algunas de las divas citadas líneas arriba, pero en Europa sí que se le ha dedicado una enorme repercusión (contra)cultural. Tan sólo hay que ver algunos vídeos de entrevistas y encuentros con fans que circulan por plataformas como YouTube, en los que, en aquellos ya lejanos años 90, recibía auténticos baños de multitudes; y también de los otros, claro. Su periplo fue breve, pero tremendamente productivo e intenso, durante aproximadamente 8 años. Tras su retiro nunca más se ha sabido de ella, abandonando completamente la vida pública pero, probablemente, siendo consciente que su paso por el cine porno generó una huella propia, con un producto manufacturado que ha creado una identidad singular en la idiosincrasia de lo calificado X. Sirva este pequeño repaso como homenaje a una estrella de absoluto culto. Si has entrado por las fotos, espero que también hayas disfrutado el texto. ¡Pronto más Sarah Young en el Gabinete!

Saludos desde el Gabinete, camaradas.

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