Florinda Bolkan es la hermana Cristina, una monja que lleva a un grupo de adolescentes a una casa remota cercana a un playa con el objetivo de pasar unos días de retiro mientras ensayan una representación teatral. Tres atracadores fugitivos acaban en el lugar para aterrorizar salvajamente a las jóvenes, violando a una de ellas. Las pacíficas enseñanzas de la hermana Cristina y sus alumnas pronto tornan en la búsqueda de una sangrienta venganza.
Franco Prosperi fue uno de los artesanos del cine italiano de errático prestigio en su primera andadura como guionista, lo que llevo desde colaborar con Bava en La muchacha que sabía demasiado [1963] hasta participar en las dos secuelas apócrifas de Holocausto Caníbal [1980]), pasando a una andadura como director en la que tocó palos como el peplum o el spionistico en los años 60, para alcanzar un mejor resultado en el drama deportivo con Los largos días de la violencia (1972) o el poliziesco con Maratón suicida (1976) sin olvidar sus incursiones en el rip off puro y duro como La otra cara del Padrino (1973) o sus devaneos con la espada y brujería bajo las encantadoras Gunan, el guerrero (1982) o El trono de fuego (1983). Pero, dentro del salvaje espacio contracultural de la Italia de los 70, encontró su mejor obra en esta hibridación entre el rape and revenge iniciado en Estados Unidos con La última casa a la izquierda (1972) y esa nunsploitation donde las monjas se convertían en potentes iconos para el erotismo bajo el drama eclesiástico o el terror; La settima donna (aunque en Estados Unidos, referencia a Craven mediante, se tituló The Last House on the Beach), es donde Prosperi encuentra un artefacto orquestado con ansias de provocación, un árido retrato de lo erótico impostado por la ebullición de la sórdida carnalidad como algo inherente a los cambios del horror que se vivieron en aquella década.
Prosperi no se arriesga en salirse de la fórmula venida de la película de Craven, con cruentos y sucios criminales saciando sus instintos más bajos con unas ingenuas y dulces adolescentes, pero enfoca esa fría sensibilidad europea en la que la explotación se niega a quedarse tan sólo en un concepto amotinador para construir un thriller en el que la historia se muestra directa; los efluvios de sexo y violencia acaban proyectándose con vocación artística. Su sencilla premisa de una monja y sus alumnas secuestradas en su propio lugar de refugio por tres dementes criminales, terreno argumental propio de la época, le sirve a Prosperi para articular una violencia sucia y descarnada que llama la atención por su alternancia entre lo explícito y lo sugerido, lo brutal y lo contenido. Una sensación continua de intranquilidad que la narrativa hace suya para generar un estilo propio, mostrándonos que la sensibilidad italiana a la hora de emular las raíces más viscerales del horror norteamericano de violaciones y venganzas acaba edificando una mirada reflexiva que mira de frente al espectador, hablándole directamente del morbo y la introspección incómoda; Violación en el último tren de la noche (1975) de Aldo Lado, con quien haría una estupenda doble sesión, supone la otra gran muestra de ello.
La settima donna da lo que promete en un fantástico entorno marítimo, donde la estampa soleada permite encuadrar la película en esos horrores filmados a plena luz del día tan propios de los años 70. Como buen rape and revenge la venganza se deja caer en el último acto como una catarsis en la que salen a relucir ciertos dilemas morales, todo ello precedido del habitual suspense carburado con un erotismo mórbido. Cabe descatar las sensacionales interpretaciones de los dos rostros más conocidos aquí, la brasileña Florinda Bolkan, quien en el papel de la monja regala otra de sus inolvidables presencias para el cinemabis italiano, al igual que Ray Lovelock, la estrella de No profanar el sueño de los muertos (1975) y habitual del cine de Prosperi. Laura Trotter (vista en La invasión de los zombies atómicos [1980]) y un cameo no acreditado de Isabel Pisano completan lo más destacado del reparto. Una película con inesperadas inquietudes y que deja en evidencia el buen hacer de Prosperi para el pulso narrativo, ya que la película no decae en ningún momento, a pesar de lo predecible de su fórmula. Su grupo de mujeres protagonistas me recuerda, aunque aquí estemos ante una loca adhesión romántica de quien esto escribe, a ese grupo de jóvenes artistas vistas en el inicio de Hostel 2 (2007), cuya figura docente estaba presidida por el cameo de Edwige Fenech. La séptima mujer se estrenó en España, según la web del Ministerio de Cultura, el 26 de octubre de 1979 con el anagrama ‘S’, teniendo 145.712 espectadores.
Saludos desde el Gabinete, camaradas.
P.D.: El director de la película se llama en realidad Francesco Prosperi, aunque en algunos trabajos aparece acreditado, como es el caso, como Franco Prosperi, que no guarda relación con el Franco Prosperi director, entre otras, de Mondo Cane (1962).
P.D. 2: El final de la película guarda ciertas similitudes con el de Death Proof (2007) de Quentin Tarantino.



