Nadie Vive (No One Lives, Ryûhei Kitamura, 2012)

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Kitamura presenta en Nadie Vive un capítulo más en su más que evidente perfilación de estilo, más patente aún desde que saltó a las américas. Desde la melancolía hacia el horror que de un relato de Clive Barker hizo en El Vagón de la Muerte (2008) ,  si hay algo que destaca y rotula al director de Versus (íd, 2000) o Azumi (íd, 2003) es algo ya patente en aquellas obras que rozan el culto: las inverosímiles, sorprendentes y súbitas normas que aparecen de imprevisto en sus metrajes, dando la sensación que cualquier cosa puede ocurrir tanto en la formalidad como evolución de sus cintas. Esto se presenta en Nadie Vive como una re-fórmula hacia el slasher, una de esas vertientes de constantes infranqueables, con una trama rocambolesca que presenta a un Luke Evans  con anexa sobredosis testosterónica en una peculiar reversión del villano, inabordable cazador y sufrido cazado, que ejecuta bajo normas impredecibles y fórmulas rebuscadas algunos de los patrones del subgénero.

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Aunque la película comienza bajo los típicos pasajes del terror rural presentando a una joven pareja perdida en inhóspitos parajes, la trama pronto se tornará en locura mostrando una disparatada historia de “mata mata”, de estallidos hemoglobínicos mostrados sin tapujos y una factura hasta en cierta medida algo efectista, maquillada bajo la aridez de una tonalidad sucia hacia la oscuridad; siendo, este apunte visual, bastante efectivo. A pesar de ser un film cuyo disfrute se apoya en lo excesivo, la bizarra sensación que se palpa en algunas de las escenas principales, pronto se le pillan las claras ambiciones bufonescas del producto. Esto primeramente hacen echar en falta su etiqueta de película de género (sus formas parecen más amoldadas al splatter de acción de los primeros trabajos del realizador que al terror), además de apoyar la broma en una sobreexplotación de ciertos cánones algo machacados a estas alturas, que da poco lugar a la innovación dentro del slasher salvo su anhelo de broma macabra.

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Superficial a nivel de caracteres y algo estéril en su ritmo (el film da la impresión de ser una conjunción de escenas grotescas premeditadas sin una unidad conceptual entre ellas), de ella se destaca principalmente esa oda a lo desmesurado, con poco sutiles y muy extravagantes romances con los clásicos del splatter. Acaba derrumbándose cuando su guión quiera de manera algo torpe engranar unas ligaduras con el género que Kitamura parece obviar en su narración, a pesar de alguna vuelta de tuerca digna de destacarse. Para el aficionado fiel y exquisito con este tipo de productos, como el que esto suscribe, quedarán marcadas algunas de las set pieces clave de la obra, aunque en su conjunto deje la sensación de insuficiencia para quien supo tan bien mimetizar en la pantalla el desfase mental de Clive Barker años atrás.  

Saludos desde el Gabinete, camaradas.

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