Curse of the Undead (Edward Dein, 1959)

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Publicado originalmente en Cine Maldito 

Si hay una mezcla de géneros tan poco habitual como apasionante es la que comprende las mixturas entre el western y el terror. Más conocido con el término weird western, que ya localizó en la literatura pulp significativos ejemplos,  esta extraña fusión encuentra en Curse of the Undead una de sus primeras expresiones en cine. Dirigido en 1959 por el singular Edward Dein, el film lleva el mito del vampirismo, estamento clásico del terror, a una corriente tan claramente opuesta como el Salvaje Oeste.  

Es curioso observar como la película se produce en un interesante in pass del cine de terror, como es el que comprende los últimos coletazos del horror clásico de la Universal (no quedando muy claro si el film de Dein pudiera encuadrarse aquí) y el crecimiento de la británica Hammer.  Su premisa no está tan alejada de las habituales ambientaciones en el sur de Estados Unidos de finales del siglo XVIII, ya que aquí se presenta el clásico contubernio entre duros terratenientes y caciques viviendo las discrepancias habituales de disputas de terrenos y otros factores. Pero, un hálito de misterio se presentará cuando una serie de extraños asesinatos hacia mujeres comiencen a atemorizar el lugar; la llegada, al mismo tiempo, de un curioso pistolero llamado Drago Robles no parece ser algo casual.

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La película podría ser considerada hoy como una enorme rareza, pero dentro de su eminente poso fantastique hay varios factores clave para no olvidarla. El principal es su peculiar conjunción de géneros, que se produce con  una gran naturalidad dentro de las propias aristas y lenguajes de ambos. Se encuentra una gran cantidad de elementos de lo que en ese momento se conjugaba como western clásico, como son sus habituales escenografías de desiertas calles, héroes perdidos, bares de aversión perpetua y la masculinidad imperante ante la indefensión de las pocas mujeres presentes. A pesar de que ya el western pretendía dramatizar una etapa importantísima de la propia historia de los Estados Unidos, estos patrones básicos eran dominados por una hostilidad imperante, cuyos conflictos funcionan como motor narrativo. Todo eso estará presente en Curse of the Undead, pero bajo el influjo de un ambiente de perturbación comandado por una atmósfera oscura y melancólica, que retrata con opresión su particular blanco y negro. En el segundo factor que añade cierta personalidad al producto se ayuda  del peso icónico que recae en la figura del personaje interpretado por Michael Pate aquí como el vampiro cuyo simbolismo aporta una lectura pocas veces arraigada al mismo, como es el hecho de que un individuo pueda convertirse en vampiro si se ha suicidado. Aún en el doble rol del vampiro encubierto, Pate ejecuta una curiosa interpretación que acaba engordándose del peso de la cinta, con su curiosa vestimenta (enteramente de negro, prácticamente) que huele a repunte estético muy interesante dentro de la propia singularidad del film.

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Aunque en Curse of the Undead puedan detectarse rápidamente unas limitaciones artísticas propias la Serie B de los 50, además de ciertas ideas algo imputables (como la posibilidad del vampiro de caminar a la luz del día, y eso que se expone en la trama su animadversión a ella) el director se centra principalmente en aprovecharse no solo del enfrentamiento perenne entre las personalidades del Predicador Dan Young (Eric Flemming) y el oscuro Drake Robey de Pate, manifestado en un duelo final de curiosa resolución, sino también de unos planteamientos escénicos realmente destacables como el instante en el que la sombra de una cruz hace que el vampiro sufra de daños, o el momento en el que se descubre que un nicho es descubierto sin cuerpo, que disparará en tal circunstancia sus querencias hacia el horror . La película destaca enormemente por su equilibrio entre ambos géneros, donde el western clásico ve usurpada su habitual luminosidad por unos juegos de sombras y contrastes que lo elevan a una peculiar categoría donde, ante todo, las dos corrientes ven respetados sus clichés sin perder un ápice de identidad.

Saludos desde el Gabinete, camaradas. 

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