Double Agent 73 (Doris Wishman, 1974)

Después de su aventura en Deadly Weapons (1974), Chesty Morgan regresa como Jane, una agente secreta especial, y está lista para enfrentarse a una despiadada red de narcotráfico. Su misión: infiltrarse en el peligroso mundo criminal para descubrir al misterioso barón de la heroína, Ivan Toplar, y destruir su imperio delictivo. Su arma secreta: un dispositivo de última generación escondido en el lugar más inesperado. ¿Quién se atreverá a interponerse en el camino de la Agente 73?

Es habitual que emerja la extrañeza cuando una firma femenina se postula entre reivindicaciones dentro de los terrenos del cine de explotación, añadiendo la particularidad de que esa autoría es además una de las voces más rescatadas dentro de la llamada sexploitation, vertiente en el que el desnudo y el erotismo campan a sus anchas en tramas de simpleza argumental pero tremenda vocación autoral. Doris Wishman fue una cineasta urdida en el underground que cabalgó entre todo tipo de géneros fraguando un estilo propio, forzado por los bajos presupuestos que habitualmente manejaba. Es considerada además una de las pioneras en la focalización del erotismo dentro de la cultura de los subgéneros cinematográficos, con la ingenuidad respecto al desnudo femenino que la hizo coetánea a la máxima figura en la materia, Russ Meyer. Por ello, es interesante rescatar de su filmografía una película como Double Agent 73, en la que actualiza las formas de sus trabajos en los 60 (en cintas como Playgirls International o Bad Girls Go to Hell) en un campo de batalla muy diferente, ya que en aquellos primeros vestigios de los años 70 el auge del cine pornográfico había dejado ya fuera de juego aquellas pasadas propuestas de extravagante sensualidad, hoy recordadas como el primer andamiaje de eso que hoy llamamos sexploitation.

Double Agent 73 supone para Wishman su segunda colaboración, tras Deadly Weapons, con una mujer de escasa labor interpretativa (que se reduce básicamente a estas dos películas), pero que causó estragos entre el respetable que acudía a las sesiones grindhouse de primeros de los 70; Chesty Morgan, pseudónimo de su nombre de nacimiento Liliana Wilczkowska, es una mujer polaca cuya vida daría por sí sola para una película: sus padres fueron asesinados por los nazis en la invasión a Polonia y, tras pasar por varios orfanatos, acabaría por dedicarse al mundo del striptease en Estados Unidos, país donde tiempo después sufriría la muerte de su segundo marido, y una de sus hijas. Su monumental talla de pecho le otorgó, además de un record Guinness, una notoriedad que acabó explotando por su trabajo con Doris Wishman, quien la convirtió en un emblema del cine de explotación norteamericano. En esta segunda película juntos Morgan es la Agente 73, una espía cuya agencia le encarga adentrarse en una peligrosa organización criminal; para ello, le implantan un transmisor en uno de sus pechos, que tiene incluso la capacidad de hacer fotos. La propuesta de Wishman encuentra aquí una mirada de extravagancia y sarcasmo al entonces imperante cine de espías, con una mirada desprejuiciada hacia el propio cine de género en la que la propia Chesty Morgan, con su voluptuosa cualidad física, se utiliza como una atracción de feria en el énfasis de cómico surrealismo, facultad que acompañó el sentido autoral de la directora hasta en sus posteriores piezas de terror de subterfugio.

Un cine de espías filmado con una escasez de medios que no se disimula, pero con una directora capaz de imprimir una mirada vanguardista a las propias formas del cine independiente norteamericano del momento. Su capacidad de enardecer esta parodia en base a un hálito pulp de bolsilibro y cierta energía de anarquía formal nos permiten identificar algunos de los tropos del cine de Wishman, cuyo feísmo podrá espantar al respetable pero que en los fueros del grindhouse norteamericano hoy es destacado como una oleada de frescura. Por ello aquí se dan cita una narrativa caótica que promueve una absoluto nihilismo estético, amén de tics visuales marca de la casa entre los que encontramos esa fijación por el objeto con diálogos fuera de plano y una mirada al montaje cinematográfico ajeno a cualquier lógica formal. Se detecta por ello una visión abstracta que avanza de manera audaz y renovadora para remover las raíces más osadas del denominado Cine B norteamericano; Wishman apuesta en poner el foco, con cierta ponderación femenina, en la figura de Chesty Morgan con un papel protagonista que va mucho más allá del émulo de la figura de la espía, exhibiendo su físico bajo una fascinación de artificio, yendo mucho más allá del personaje. Morgan (y su alienado busto) funciona como un motor narrativo quedando como un ente cinematográfico fascinante, una especie de visión de feminismo orgánico la que Wishman detonó la normativa del grindhouse de la época.

Publicado originalmente en Cine Maldito

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