“I Am Not a Serial Killer” (Billy O’Brien, 2016)

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Extraña y alienada óptica de la figura del asesino en serie la que compone el director irlandés Billy O’Brien, con un filtro pretenciosamente indie y sumido especialmente a su trasfondo moral, algo que sólo funcionará en ciertos momentos de la película. Tenemos  en su historia al joven John Wayne Cleaver, quien vive en una familia de cierta disfuncionalidad, y que sufre una obsesión permanente por la figura de los psychokillers. La presencia en su pequeña localidad de una serie de crímenes que parecen llevar un patrón indicatorio de que un asesino en serie ronda por su calles, le planteará ciertos dilemas internos para evitar convertirse en una de esas figuras de la crónica negra que idolatra. Cuanto más aumente su paranoia para cazar al homicida que acecha por su ciudad, más problemas morales se presentarán en la ya confusa existencia del joven.

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Se puede entender I Am Not a Serial Killer como una somera reflexión de los dilemas internos de la adolescencia, sus conflictos anexos o el paso a una madurez que ya nace para sí turbada, en una clave de narrativa alternativa con un establecido trasfondo ambiguo y algo confuso; acabará aupada especialmente por su difuso poso de película de género, que la dejará ubicada a medio camino con el drama convencional de tintes alternativos. Destacará especialmente por sus reflexiones internas, la trascendencia y complejidad que intenta añadir a su personaje principal, además de por el exótico e inusual toque que se da la temática de los asesinos en serie. La película se muestra en un primer acto compacto y bien narrado, con varios y jugosos ejes argumentales, centrándose rápidamente en la extravagante relación entre el protagonista (un convincente Max Records) y un impenetrable personaje interpretado por un rescatado Christopher Lloyd (de lejos, el recurso más exitoso de la película); la extraña y por momentos hipnótica unión de estos dos personajes con más en común de lo que se pudiera creer, originará un antagonismo que supondrá el epicentro de la película. Al mismo tiempo, además de apuntes de agradecida mordacidad como un John Wayne que ayuda a su madre en su profesión de embalsamadora, sobre la atmósfera se irá tejiendo una oscura circunstancia excéntrica y alocada,  con un rebajado clima de cierta desolación, densidad, destacando en ello su apática tonalidad.

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Es una lástima que tanto los baluartes conceptuales de la película como su inevitable desarrollo de personajes se ahogue por una evolución realmente plana, alejado de unos momentos de impacto que tanto los preceptos y la temática de la película pedían a gritos. Las pretensiones autorales de añadir complejidad a sus personajes, en especialmente a su protagonista, quedarán en una frialdad con muy poco encanto lo que impedirá lo que su germinación pretendía. El estilo visual, ligado como ya se ha dicho a unas estéticas anexas al indie, la dejarán lejos de una atmósfera putrefacta y visceral, algo necesario en una conclusión que de paso, se permite una pirueta de guión postiza y artificial. I Am Not a Serial Killer es una propuesta curiosa, portentosamente extravagante, fallida en ejecución, aunque muy interesante como contrapunto a las habituales connotaciones del cine nutrido en la figura del psychokiller.

Saludos desde el Gabinete, camaradas.

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