La criatura con el cerebro atómico (Edward L. Cahn, 1955)

póster

Publicada originalmente en Cine Maldito

Es muy curiosa la forma en la que una película como La criatura con el cerebro atómico se puede asimilar hoy en día, cuando el subgénero de los muertos vivientes ha llegado a un límite de exacerbada sobreexplotación. Como producto de la ingenua Serie B de los años 50, y con un libreto venido del especialista del género Curt Siodmak, la película relata la historia de cómo un gángster forma dupla con un ingeniero atómico para crear un grupo de muertos revividos y utilizarlos con fines tan despiadados como la venganza; lejos del icono actual del muerto viviente carnívoro con el que hoy asociamos el popular término de zombie, la propuesta de Siodmak se acerca mucho más  a la corriente haitiana en su revisión del cadáver renacido (recordemos que suyo es el libreto, entre otros iconos del terror clásico, de Yo anduve con un zombie [I walked with a zombie, Jacques Tourneur, 1943]), con la obligada inclusión de la tecnología (campo a desarrollar por aquel entonces y que causaba cierto temor en la población norteamericana) conformando una típica propuesta de género de la época, dentro de la modestia y la siempre inconsciente mezcla de géneros del cine B de entonces. 

El terror se une aquí al sci-fi con los obligados toques cómicos de la cotidianidad (remarcando aquí a la hija del protagonista y su muñeca, con un inolvidable gag final) a favor de una propuesta amparada por uno de los ímpetus creativos del fantástico de aquellos años: la creación de un clima pesadillesco de miedo colectivo, dibujado en torno a unos cadáveres renacidos (y de alma robotizada) que ponen en jaque a la población y a las fuerzas del orden ante la inesperada crueldad de sus hechos.

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El realizador Edward L. Cahn (otro especialista, esta vez, del sci-fi) promulga una dirección simple pero efectiva, donde las variedades genéricas se entremezclan entre sí sin ningún tipo de costura y mostrando el oficioso sentido de la diversión de este tipo de propuestas. Disparatada mezcla de radioactividad, tecnología, la figura del mal encarnado en un muerto revivido (incomprensión épica de los investigadores cuando descubren indicios inculpatorios de personas ya fallecidas) y la amenaza zombie que tan cotidiana hoy nos resulta aquí como un entramado “gangsteril” de primer orden, son algunas de las vicisitudes más memorables del film. En lo estrictamente cinematográfico cabe destacar su ágil narración, que permitirá disfrutar al espectador de su ingenuidad artesanal y naif, con una agradable capacidad de aprovechamiento de localizaciones (tanto exteriores, donde se disfrutan unas espectaculares escenas de impacto como el conjunto de interiores de hálito oficioso), así como de la buena asimilación de las excentricidades de su mix de géneros y con una sensación sutil de auto parodia que ciertamente hará de ella una producción muy singular, además de un innegable espíritu de serial. Sobre esto último y su facultad de producto de consumo popular cabe razonar sobre sus planteamientos anexos: la visión del terror arraigado con las estrafalarias (y meritorias) concesiones del sci-fi de la época, el intento de dramatización de un clima social de estupor que bien podría ser reflejo de connotaciones auténticas de la época, y muy especialmente el candor de inhóspita singularidad de la Serie B de aquellos locos años 50.

Saludos desde el Gabinete, camaradas.

 

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