El Último Exorcismo nace como uno de los episodios más importantes del nuevo falso documental, recluida aquí en la variante del found footage, posiblemente la distinción más aprovechable y explotable de ese subgénero auspiciado en la cámara mano con su juego implícito con el espectador en el que a través de ciertas aproximaciones al metalenguaje intenta hacer pasar por verídico lo expuesto en pantalla. El film de Daniel Stamm se aleja de las propuestas más mediáticas del subgénero, como el Holocausto Caníbal (1980) de Ruggero Deodato o El Proyecto de la Bruja de Blair (1999) de Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, heredando de ellas sólo la auto-asimilación de las formas y procesos de su impronta como mero recurso de estilo (no intenta ir más allá de elevar la etiqueta de terror a ningún otro tipo de intención lejana del lenguaje cinematográfico), predominando así sus puntos a favor en un marco formal tan limpio y enérgico como la cámara en mano. Sigue leyendo
«Memorias del Ángel Caído» (Fernando Cámara, David Alonso, 1997)
Sería curiosa la labor de entender el crecimiento paulatino del culto hacia una película, que en este caso parece extenderse de manera proporcional a lo ya lejano de su fecha de estreno. Memorias del Ángel Caído es un film que irrumpe, sin avisar, en una época que se puede entender como plena decadencia del cine de género en España. Incomprendida e ignorada en su día, su trama se centra en un ámbito parroquial donde abruptamente comienzan a suceder extraños sucesos, comportamientos y fenómenos. Para los no iniciados en este film dirigido por una dupla de (por entonces) jóvenes directores conformada por Fernando Cámara y David Alonso, no conviene tener constancia de nada más. La película se disfruta por su reversa y atmosférica concepción del terror, que plantea un dibujo abstracto del antagonismo basado en una creciente sensación de perversidad, la misma que se apodera de la película insuflándola de creciente y enigmática aureola cargada de malignidad, estallando en un desenlace repleto de turbias sensaciones y ciertas postales de momentos para el recuerdo. Sigue leyendo
In Memoriam: Geoffrey Lewis (1935-2015)
Semana aciaga para Rob Zombie. Si hace unos pocos días adelantaba a través de su Facebook la muerte de uno de sus actores fetiche, Tom Towles, ahora daba a conocer a sus seguidores el fallecimiento de otro de sus colaboradores: Geoffrey Lewis, para quién reservó un relevante papel en «Los Renegados Del Diablo» (The Devil´s Rejects, 2005) como uno de los miembros de la banda de country Banjo & Sullivan, además de prestar su voz a uno de los personajes de su ambicioso proyecto de animación llamado «The Haunted World of El Superbeasto» (íd, 2009). Lewis fue uno de los rostros más conocidos por el gran público durante las décadas de los 70, 80 y 90, siendo un habitual colaborador de Clint Eastwood durante esas décadas («Infierno de Cobardes» [High Plains Drifter, 1973], «Bronco Billy» [íd, 1980], «Medianoche en el jardín del bien o del mal» [Midnight In The Garden Of Good and Evil, 1997]…), y para el que Lewis ofreció una multitud de papeles secundarios. En esta diatriba de amplificar y glorificar la interpretación secundaria destacó sin paliativos en cintas como «Dillinger» (íd, 1973) o «El Viento y el León» (The Wind and The Lion, 1975), ambas bajo la dirección de John Milius. Con una amplia producción televisiva a sus espaldas y una modesta carrera musical paralela, no podría decirse que su abultada filmografía estuviese copada de grandes aportaciones al cine fantástico, pero sí participó en algunos títulos de cierta celebridad en el género como «El Cortador de Cesped» (The Lawnmower Mann, Brett Leonard, 1992) y «Zombies» (Wicked Little Things, J.S. Cardone, 2006) entre otras, o aproximaciones como el psicotrópico western «Blueberry, la experiencia secreta» (Blueberry, Jan Kounen, 2004). Era el padre de Julliette Lewis, además de otros nueve hijos. Sigue leyendo
In Memoriam: Tom Towles (1950-2015)
Ayer Rob Zombie comunicaba a través de las cuentas de sus redes sociales el fallecimiento del actor Tom Towles, confirmándose una semana aciaga para el cine de terror culto: hace unos días nos dejaba también Robert Z´Dar, otro intérprete, como Towles, que había llegado al corazón del aficionado por su aparición en varias películas míticas del cine de terror underground desde los años 80 hasta nuestros días. Tom Towles, de corpulento físico y tenaz presencia, comenzaría en la interpretación en plena escena teatral de Chicago tras su paso por los marines norteamericanos. Poco después se lanzaría en una carrera cinematográfica enfocada principalmente hacia el cine de terror, regalando en estos primeros años algunos de los papeles por los que hoy en día es recordado: desde el Otis que acompañaba en sus siniestras fechorías al serial killer Henry Lee Lucas de «Henry, retrato de un asesino» (Henry: Portrait of a Serial Killer, John McNaughton, 1986) o el Harry Cooper del remake de «La Noche de los Muertos Vivientes» (Night Of the Living Dead, Tom Savini, 1990), periodo en el que además colaboraría con directores tan ligados al fantástico como Stuart Gordon en «El Péndulo de la Muerte» (The Pit and The Pendulum, 1991) o «Fortaleza Infernal» (Fortress, 1993). Sus incomensurables 191 centímetros de estatura también se pasearon en varias ocasiones por la televisión, sin abandonar una carrera para el cine con cierta predisposición a la cinematografía de género y en unos personajes habitualmente duros y estoicos, aunque también apareciese en toda una gran producción hollywodiense como «Corrupción en Miami» (Miami Vice, Michael Mann, 2006), dramatizando a uno de los villanos de la función. Últimamente su rostro era gran conocido por los aficionados por su condición de actor fetiche para su amigo Rob Zombie, quién requeriría de sus servicios en «La Casa de los 1000 Cadáveres» (House Of 1000 Corpses, 2003), «Los Renegados Del Diablo» (The Devil´s Rejects, 2005), «Halloween. El Origen» Halloween, 2007) y el fake trailer «Werewolf Women Of The S.S.», además de aparecer en alguno de los videoclips de su etapa musical. El propio Rob adelantaría a todo el mundo la noticia del fallecimiento de su amigo, un hombre respetado, adorado y convertido en uno de los secundarios más característicos del cine de terror de las últimas décadas. Sigue leyendo
In Memoriam: Robert Z´Dar (1950-2015)
El pasado 30 de marzo fallecía a los 64 años Robert Z´Dar, de un aparente paro cardíaco. Mucho más conocido por su peculiar físico que por su nombre (padecía una extraña enfermedad denominada «querubismo», que le atavió con una mandíbula desproporcionada), es uno de los símbolos del cine fantástico de los 80 desde que se pusiese en la piel de Matt Cordell, el iconográfico villano de la saga «Maniac Cop» orquestada por William Lustig. Z´Dar consiguió añadir una fisonomía y estilo muy peculiares a Cordell, llevando un paso más allá las maneras de ejecutar el poderío físico del villano dentro del slasher. Además de interpretar este papel en las tres entregas de la saga, su peculiar rostro también es conocido por aparecer en «Tango y Cash» (íd, Andrey Konchalovskiy, 1989), «Gnomo Cop» (íd, Stan Winston, 1990), «Soultaker» (íd, Michael Risi, 1990), o»Samurai Cop» (íd, Amir Shervan, 1991), aunque su figura ha estado ligado a la Serie B hasta el día de su muerte (seguía rodando varias películas al año, aunque prácticamente todas de segunda fila). Se va un icono, querido y adorado, que supo transmitir con su imponente físico de 1 metro y 88 centímetros la monumental presencia de Matt Cordell, el policía fantasmogórico y siniestro por el que siempre será recordado. Su compañero de reparto en las dos primeras entregas de «Maniac Cop», Bruce Campbell, le recordaba con enorme cariño desde su cuenta de Twitter. Sigue leyendo
Wax (Víctor Matellano, 2014)
Wax es una de esas películas que cuesta criticar. Se hace duro intentar transmitir el gran sentimiento de decepción que asola a una película realizada por alguien que ha demostrado cierto conocimiento del género, pero que acaba desembocando en una nimiedad repleta de frustración. La película de Víctor Matellano cae en un error de órdago, como es ahogarse en sus propios referentes. El director utiliza tanto vacuo esfuerzo en dejar claro todas y cada una de las influencias que parecen formar su imaginería como cineasta que hacen de la película algo vulgar y ordinario, algo que sumerge al film en un fallo imperdonable a estas alturas: la falta de entidad. Sigue leyendo
Rewind Pulp: «El Mejor con el Rifle», Marcial Lafuente Estefanía
Justo en la semana en la que muchos lamentamos la muerte de Francisco González Ledesma (Silver Kane), una de las plumas referenciales del western en la literatura nacional, nos paramos en una de las obras del otro pilar del género en el bolsilibro: Marcial Lafuente Estefanía. Sería el propio Silver Kane quien diría de él lo siguiente: «No me gustó nunca el estilo literario de Marcial Lafuente Estefanía, por demasiado directo y elemental, pero siempre fuimos buenos amigos, pese a la diferencia de edad. Era un hombre generoso que llegó a ganar mucho dinero, pero nunca tuvo nada suyo. Un día me dijo: ´Amigo mío no te tomes las cosas demasiado en serio. Al fin y al cabo, la vida puede depender de una mujer que pasa´«. Sigue leyendo
Rewind Pulp: «Organización América», Lou Carrigan

El protagonismo de la mujer en el bolsilibro habitualmente se presentaba de manera exclusiva en el género romántico. Era bastante frecuente que el rol femenino, al igual que en el cine de aquellas décadas, ejecutase de ejemplar acompañante del héroe puramente masculino, dejando que el hombre fuese aquel que llevase todo el peso de las historias con la mujer en un segundo plano. Pero, curiosamente, una saga de novelas con un claro índice de masculinidad en su protagonismo cambiaría en cierta medida esta coyuntura del heroísmo femenino en la literatura, ocasionado en su posterior explotación cinematográfica. Nos referimos, claro está, a la saga de relatos de James Bond, proveniente de un ex periodista y asistente del servicio secreto británico llamado Ian Fleming. El también escritor creó uno de los personajes más icónicos de la cultura popular, que hizo que ya de por sí una vertiente genérica con mucho interés como el espionaje alcanzase unas cotas de popularidad tremendas, con un impacto que se expandiría a otros medios como el cine o, siendo este caso el que más nos interesa aquí, la literatura pulp. Sigue leyendo
El Heredero del Diablo (Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett, 2014)
Nos encontramos ante una muestra más del ya consumido subgénero del found footage, sumamente popular en su día gracias a interesantes productos como Holocausto Caníbal (1980) o El Proyecto de la Bruja de Blair (1999), éxito acompañado en aquellos casos de una desmesurada campaña mediática originada por la supuesta veracidad de las imágenes. Lo que distancia a estos mencionados films de la mayor parte de la nueva generación que ahora parece vivir el «metraje encontrado» es que si bien el subgénero era utilizado en aquellas como una mera herramienta de construcción de la manera de impactar con la imagen, los nuevos usos con los que una generación de jóvenes cineastas reviven el subgénero se limitan en muchas ocasiones en ser un mero (e injustificado) recurso estilístico en la narración, desaprovechando su utilización y obviando muchas de sus ventajas. El Heredero del Diablo se antoja totalmente idónea para entender esto, ya que aunque el film recorre los principales recursos estéticos del found footage como pudieran ser la vista en primera persona o la cámara zarandeada, se prescinden de unas serie de características clave para que el subgénero ofrezca utilidad en la trama: la suciedad en la imagen, el cariz underground o la atmósfera híper-realista, herramientas todas ellas que conceden funcionalidad al metraje encontrado, y que eran requeridas en Holocausto Caníbal o propuestas más actuales como las sagas [•REC] o Paranormal Activity viéndose aprovechadas de estas formas narrativas tan peculiares y dejando aún lado lo precarios o manidos que pudieran ser sus argumentos.
En este caso, El Heredero del Diablo se centra en las aventuras de una joven pareja que después de su luna de miel emprenden un viaje de novios a Santo Domingo, donde serán fruto de las artimañas de un oriundo personaje para que posteriormente la mujer experimente un embarazo no esperado y unas situaciones anexas realmente perturbadoras. El principal problema de la película es que pretende ser tan leal al subgénero que acaba sumergiéndose en un recorrido previsible, cansino y aburrido por todos y cada uno de sus parámetros, no obteniendo ningún resultado favorable de ellos y cayendo además en una narración lenta, carente de atmósfera y súbitamente vacía. Como película de horror su inmersión en el género llega por ramalazos, ofreciendo una re-escritura bastante pobre de algunos de las situaciones más recurridas del cine satanista pero sin afrontar esos momentos con soltura o personalidad. Tan solo algunos enclaves de la trama llegan realmente a generar cierto interés o rendimiento hacia el producto global, como los planos de la habitual cámara nocturna (la presencia de la mujer en soledad aquí genera cierta inquietud), la secuencia de la comunión (con una conclusión previsible pero con cierta turbación) o el descubrimiento por parte del protagonista del germen de la maldición (que ya se había expuesto con anterioridad al espectador), instantes donde la película parece instaurar cierto oficio aunque lejos de la tónica general exhibida.
El film está dirigido sin pulso y con aires muy complacientes hacia los recurridos tópicos del moderno found footage por Matt Bettineli-Olpin y Tyler Gillett, tal y como hicieron en su episodio de V/H/S (2012), uno de los proyectos clave para entender el resurgimiento del subgénero aunque se vea muy claramente superado por su secuela y el capítulo de los directores de El Heredero del Diablo fuese uno de los más flojos de la propuesta. El trabajo interpretativo recae lógicamente en la pareja protagonista, formada por un Zach Gilford (Anarchy: La Noche de las Bestias [2014]) cumplidor y la televisiva Allison Miller, a la que el papel le ofrece un peso que no parece aguantar. La película que aquí nos ocupa sólo es apta para permisivos incondicionales, aunque en su desarrollo se encuentren algunos apuntes que desgraciadamente se acaban sumergiendo en un film que no acaba de despertar interés.
Saludos desde el Gabinete, camaradas.
Tusk (Kevin Smith, 2014)
A muchos aún sorprende a día de hoy el inesperado, pero a la vez necesario, giro que emprendió la carrera de Kevin Smith con su magnífica y desasosegada Red State (2011). El colega de New Jersey se había convertido en todo un icono de la comedia absurda (en todo su buen sentido) con una amalgama de películas que enardecían el sentimiento hacia el fandom, las autoreferencias constantes y la descripción emocional de toda una generación, con un variopinto grupo de personajes que acabaron por convertirse en iconos ante la fácil empatía que se podría sentir hacia ellos en los círculos en los que algunos nos movemos. Después de sonoros fracasos, Red State suponía el esperado y anunciado coqueteo de Smith con un género bastante alejado de lo que nos tenía acostumbrados, en un producto caracterizado por la falta de limitaciones autorales de quien pretende descubrir nuevos territorios; un nervio narrativo sentido y experimental que acababa cimentado un discurso de una seriedad abrumadora, y con una sutilidad pasmosa en su etiqueta de infausto y a la vez latente terror, en unas disposiciones que ya se han visto en el género con otros directores como Ti West y su The Sacrament (2013). Smith repite estos esquemas en un segundo experimento, esta vez encaminado de manera más descarada hacia el terror con Tusk, para la que se requiere la presencia de uno de los mayores atractivos de Red State: un Michael Parks, auténtico terremoto interpretativo que parece vivir una segunda juventud desde que Quentin Tarantino lo rescatase hace ya unos cuantos años, y que aquí vuelve a asombrar con uno de sus ya característicos y siempre perspicaces exhibiciones interpretativas. Sigue leyendo
Rewind Pulp: «Lauri era inocente», Kelltom McIntire.
Se inaugura sección en el Gabinete, dedicada en esta ocasión a investigar y reivindicar los recovecos más hondos de la literatura pulp. Podemos distinguir aquí un fenómeno (contra)cultural en toda regla que impactó en las costumbres de antaño como principal ejercicio literario de toda una generación. Los bolsilibros, o las también llamadas «novelas de a duro» acapararán gran parte de la sección como uno de los principales ejes de todo un movimiento literario en el que un nutrido grupo de de escritores nacionales (casi siempre escondidos bajo pseudónimo anglosajón) ofrecían historias de toda una variedad genérica de consumo (terror, western, ciencia ficción…) embellecidas por unas portadas que tras un tebeístico diseño gráfico intentaban ofrecer una dramatización estilística del relato. Como uno de los productos estrella de los kioskos durante la mitad de siglo y que ahora circulan sin remilgo por toda librería de segunda mano, todo aquel bolsilibro que llegue a las manos del Reverendo será reseñado aquí. Por supuesto, en Rewind Pulp también tendrán cabida las revistas de historietas, antiguos fanzines y todo aquello que tenga dentro de sí el sello pulp corriendo por las venas.
Se inaugura la sección con «Lauri era inocente» una historia salida de la mente de Kelltom McIntire (José León Domínguez, cuya mayor producción se produjo dentro del campo de la ciencia ficción aunque abarcase otros géneros como el terror o el western en editoriales como Bruguera o Ediciones Toray) en la que un hombre se ve inmerso en una trama donde la extraña conducta de su mujer acaba por lastrar su día a día. Una historia escrita desde el punto de vista de un personaje principal que disfruta de una vida acomodada (un ex policía que consigue un importante ascenso en una empresa de seguridad) con su mujer e hija; la primera, justo en el momento que nuestro protagonista pretende comunicarle su reciente éxito profesional, aparecerá con visos de incertidumbre en su propia casa víctima de un posible intento de violación y en una postal dramática en la que varias de las mascotas del hogar aparecen siniestramente ejecutadas. Aunque al principio de la historia parezca que se trata de un criminal asalto de morada, pronto se verán unos indicios de enfermedad mental en la esposa aunque se llegue incluso a culpar a Lauri, la pequeña de la familia, de la matanza contra los animales.
El protagonista deberá luchar no sólo contra el derrumbe que el siniestro suceso provoca en su vida en una trama de suspense donde mantendrá una retahíla de enfrentamientos contras sus suegros (su origen humilde choca, desde el primer momento, con la alta clase de su familia política), y los cada vez mayores indicios psicóticos de su mujer que incluso parece verse involucrada en un estrafalario hecho de desorden público en un bar de la zona. La novela responde de manera paulatina a todas las características del bolsilibro, en una narrativa de fácil lectura con toques puramente imbuidos por el thriller, con ciertos apuntes eróticos (presentados en un flashback hacia el tercio final de la trama donde se desplaza la ficción al momento en el que el matrimonio inician su relación) que en sus connotaciones hacia la demencia psicológica de la mujer pueden llegar a verse alguna que otra reminiscencia con los gialli italianos (con la mixtura entre el policíaco y un suspense marcado por supuestos desórdenes mentales), a la postre adaptaciones cinematográficas hereditarias este tipo de literatura. La historia presenta al prototipo de héroe contra el entorno que le rodea, sumido en una oleada de incomprensión e indefensa posición cuyo desarrollo se pueda antojar algo plano, pero que defrauda en un tramo final bastante descafeinado en el que se prometía una conclusión o giro narrativo de cierta potencia. Aún así, su corta longitud hará de «Lauri era inocente» una amena lectura, que no defraudará y mostrará la falta de ambiciones autorales propias de este tipo de publicaciones en las que además se puede distinguir una auto-fidelidad formal a la postre digna del encanto de sus pequeñas grandes historias.
Observaciones: Editorial Bruguera. Colección «Punto Rojo» nº 1163. Edición noviembre, 1984.
Nadie Vive (Ryûhei Kitamura, 2012)
Kitamura presenta en Nadie Vive un capítulo más en su más que evidente perfilación de estilo, más patente aún desde que saltó a las américas. Desde la melancolía hacia el horror que de un relato de Clive Barker hizo en El Vagón de la Muerte (2008) , si hay algo que destaca y rotula al director de Versus (íd, 2000) o Azumi (íd, 2003) es algo ya patente en aquellas obras que rozan el culto: las inverosímiles, sorprendentes y súbitas normas que aparecen de imprevisto en sus metrajes, dando la sensación que cualquier cosa puede ocurrir tanto en la formalidad como evolución de sus cintas. Esto se presenta en Nadie Vive como una re-fórmula hacia el slasher, una de esas vertientes de constantes infranqueables, con una trama rocambolesca que presenta a un Luke Evans con anexa sobredosis testosterónica en una peculiar reversión del villano, inabordable cazador y sufrido cazado, que ejecuta bajo normas impredecibles y fórmulas rebuscadas algunos de los patrones del subgénero.
Aunque la película comienza bajo los típicos pasajes del terror rural presentando a una joven pareja perdida en inhóspitos parajes, la trama pronto se tornará en locura mostrando una disparatada historia de «mata mata», de estallidos hemoglobínicos mostrados sin tapujos y una factura hasta en cierta medida algo efectista, maquillada bajo la aridez de una tonalidad sucia hacia la oscuridad; siendo, este apunte visual, bastante efectivo. A pesar de ser un film cuyo disfrute se apoya en lo excesivo, la bizarra sensación que se palpa en algunas de las escenas principales, pronto se le pillan las claras ambiciones bufonescas del producto. Esto primeramente hacen echar en falta su etiqueta de película de género (sus formas parecen más amoldadas al splatter de acción de los primeros trabajos del realizador que al terror), además de apoyar la broma en una sobreexplotación de ciertos cánones algo machacados a estas alturas, que da poco lugar a la innovación dentro del slasher salvo su anhelo de broma macabra.
Superficial a nivel de caracteres y algo estéril en su ritmo (el film da la impresión de ser una conjunción de escenas grotescas premeditadas sin una unidad conceptual entre ellas), de ella se destaca principalmente esa oda a lo desmesurado, con poco sutiles y muy extravagantes romances con los clásicos del splatter. Acaba derrumbándose cuando su guión quiera de manera algo torpe engranar unas ligaduras con el género que Kitamura parece obviar en su narración, a pesar de alguna vuelta de tuerca digna de destacarse. Para el aficionado fiel y exquisito con este tipo de productos, como el que esto suscribe, quedarán marcadas algunas de las set pieces clave de la obra, aunque en su conjunto deje la sensación de insuficiencia para quien supo tan bien mimetizar en la pantalla el desfase mental de Clive Barker años atrás.
Saludos desde el Gabinete, camaradas.
















