“El Último Exorcismo” (Daniel Stamm, 2010)

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El Último Exorcismo nace como uno de los episodios más importantes del nuevo falso documental, recluida aquí en la variante del found footage, posiblemente la distinción más aprovechable y explotable de ese subgénero auspiciado en la cámara mano con su juego implícito con el espectador en el que a través de ciertas aproximaciones al metalenguaje intenta hacer pasar por verídico lo expuesto en pantalla. El film de Daniel Stamm se aleja de las propuestas más mediáticas del subgénero, como el Holocausto Caníbal (1980) de Ruggero Deodato o El Proyecto de la Bruja de Blair (1999) de Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, heredando de ellas sólo la auto-asimilación de las formas y procesos de su impronta como mero recurso de estilo (no intenta ir más allá de elevar la etiqueta de terror a ningún otro tipo de intención lejana del lenguaje cinematográfico), predominando así sus puntos a favor en un marco formal tan limpio y enérgico como la cámara en mano. Así, el film propone un suspense que es introducido por las estridencias de un personaje carismático y dinámico como el Reverendo Marcus, reversión cómica del papel tótem de este tipo de productos (la efigie estoica del exorcista o dominador teológico del enclave paranormal o demoníaco) que aquí el actor Patrick Fabian resuelve con gracia, carisma y mucha mordacidad en un personaje que de manera sorprendente comienza evocando cierto aire mercantil la religión; esto se vuelve como un enclave propicio para que la película vaya desmenuzando una retahíla de cambios estilísticos en su propia naturaleza, hasta el punto de imprimir una creciente turbiedad a medida que avanza la narración. El trabajo actoral se completa con una destacable interpretación de Ashley Bell como la reiterada representación femenina de la posesión, para siempre anexa a los derroches de Linda Blair en El Exorcista (1973) y que aquí se postulan más hacia la sobriedad amparada en el comedido trabajo de la joven intérprete.

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La premisa es tan básica como el acompañamiento por parte de un equipo de rodaje en uno de los exorcismos del citado reverendo Marcus, presentado como un padre de familia corriente y usual, posteriormente sufridor de las acometidas de ese diablo a través del cual comete sus fraudes. El film se construye en base a dos elementos, simples de inicio, pero tan bien aprovechados que acaban conduciendo a la película a unas cotas de originalidad muy sorprendentes. Por una parte el dibujo de su propio personaje principal, bufonesca presencia en el comienzo pero posterior resignado al sello nebuloso y agrio con el que la película cimenta su terror; caracter de original carisma que acaba añadiendo una gran simbología al film, convirtiéndose prácticamente en su principal motor. Otro elemento básico en el film es la sabia utilización de muchas de las herramientas del found footage que ya habíamos visto en multitud de títulos, lo que permite disfrutar de provechosos juegos de luz, sonidos, sombras y hasta ciertas discordancias visuales, que lejos de pecar de efectistas luchan por componer un sello de sordidez que finalmente se consigue.

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La cinta esconde además una decrépita lectura de la siempre recurrida América Profunda, concepto bajo el que se esconde el sector más retro-evolucionado de la sociedad americana estigmatizado bajo la popular etiqueta redneck de sus pobladores; aquí, este dibujo se compone en base a un retrato paisajístico de revoltosa belleza como son los terrenos sureños de Louisiana, encuadre bajo el cual se erige el desasosiego imperante en el terror de la cinta. Ejemplar y personal recuadro, que añade de cierto poderío visual a una película que acaba embelesando a pesar de las auto-obligadas limitaciones formales de su formato, y que acabará desembocando en un tercio final con cierta incomodidad, donde se permite incluso la mofa hacia su propio desenlace (precognizado por la malvada antagonista en el nudo de la trama) y hasta la referencia directa al clásico plano del found footage con el que finalizaba la pesadilla antropófaga de Ruggero Deodato. Producida por Eli Roth y convertido en un éxito casi instantáneo en la taquilla norteamericana, el film de Stamm supuso uno de los capítulos más remarcables de la nueva oleada de falso documental salida a raíz del mega-éxito de la saga de Paranormal Activity, dando origen a una secuela de mucha menos trascendencia.

Saludos desde el Gabinete, camaradas.

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