“Expediente Warren. The Conjuring” (James Wan, 2013)

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Podemos definir The Conjuring como el rescate, puesta a punto y re-actualización del subgénero de las casas encantadas en el cine. James Wan se alimenta de la estética feísta del old school de los 70, y de muchas de las características que enriquecieron tanto la vertiente de los parajes embrujados como la fenomenología paranormal latente en los casos reales en los que el género se basó para engrandecer sus constantes. Se dramatiza el caso real supuestamente vivido por el matrimonio Warren, pareja de investigadores de lo paranormal que vivieron en primera persona el drama vivido por la familia Perron en su casa de Rhode Island. A nivel estético la película juega ya con su propia localización temporal en la década de los 70, adoptando los estilismos realistas y compactos de los clásicos del género. A parte de todos sus aciertos estilísticos y formales, que detallaremos en líneas posteriores, The Conjuring supone una reivindicación del aura mística y decadente de películas como La Mansión Encantada (1963), Terror en Amityville (1979), El Exorcista (1973),  Al Final de la Escalera (1980) o la injustamente olvidada La Centinela (1977), ya bien a modo de sutil homenaje o incidiendo de manera expositiva bajo la relación con sus propios referentes en base a la impresión en pantalla de ese clima absolutamente malsano a nivel atmósfera; es precisamente, donde esas cintas mencionadas triunfaban a la hora de retratar ese nivel de tortura visual, acrecentando aún más su personal visión del horror.

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Wan basa su película en la reversión del tópico moderno uniéndolo con los sutiles guiños a los viejos clásicos; realiza un fascinante viaje a través de la convivencia entre los clichés habituales de la fenomenología paranormal, el estilismo sucio y tenebroso de la fuente de terror como epicentro de un encuadre rural y una sabia utilización de los recursos actuales del género. El susto sonoro se nutre del clima feísta, su encuadre vintage alimenta y renueva lo habitual de la propuesta y la eficiente utilización del plano convierte al espectador en primera persona de la historia.

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The Conjuring supone la consagración definitiva del discurso de James Wan, la confirmación de su crecimiento de figura de autor de género que había sembrado de talento con la asfixiante Saw (2004), el ingenioso fetichismo que se cierne sobre Silencio desde el mal (2007)  o el estrecho compromiso con la narrativa del género de Insidious (2010). Su personalidad autoral queda latente con el respeto con el que impregna a la historia de la figura del investigador paranormal, su constante “revisitación” a los viejos campos de terreno del género y la buena mano a la hora de encuadrar el talento con el cliché actual. Sirva de muestra,el hecho de que el director se permita el lujo de incluir una subtrama sobre la famosa muñeca Anabelle (caso real que daría luz verde a un vergonzoso spin-off) que supura a base de unos ramalazos tan atractivos como los de la historia principal; incluso, cabe mencionar la manera tan elegante de realizar una alusión en base de una simple línea de diálogo a la casa encantada por excelencia de Estados Unidos, Amityville, sin que quede forzado y realizando un guiño nostálgico a los amantes del terror americano de los 70, tanto el que impregnó de sordidez los titulares de prensa de entonces como el ambientado en celuloide.

THE CONJURING

Saludos desde el Gabinete, camaradas.

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