“Horns” (Alexandre Aja, 2013)

hornsposter

El siempre prometedor Alexandre Aja no lo tenía nada fácil al encontrarse con un material como Horns, la novela de Joe Hill que a modo de persuasivo cóctel de variantes ofrecía un extraño batiburrillo de elementos comandado por una historia de amor adolescente truncada por la tragedia, la misma que origina una venganza incesante con toques sobrenaturales todo ello con un alma fantastique repleta de humor negro  y perversión. El libro de Hill ofrecía esta extraña premisa bajo la frescura presente a la hora de unir y ensamblar sus más que estridentes particularidades que, en el caso de la versión fílmica del director francés, y aún destacando como una pieza singular y excéntrica, no acaban de aprovecharse al máximo dentro de su peculiar naturaleza.

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Ya centrándonos meramente en la película, Aja transmite en la narración retales del espíritu de traviesa sordidez que ha marcado las mejores piezas de su filmografía pero en unos derroteros visuales muy marcados; una manera de querer impregnar en la pantalla el sugestivo clima pesadillesco de la catarsis personal de su protagonista, un Ig Perrish personificado en un convincente Daniel Radcliffe, sobre el que cae la culpa del asesino de su novia al mismo tiempo que un par de cuernos sobresalen de su cabeza otorgándole habilidades mentales sobrenaturales.  El director francés se sirve de cierta hilaridad para mostrar algunos enclaves clásicos del género, muy cercano al policíaco, en unas orientaciones que estriban en un humor sutil empapado de la siniestralidad y catastrofismo propios de la historia. Una investigación criminal bajo la óptica en primera persona del principal sospechoso que derivará en una especie de orgía de ligera transgresión (en algunos momentos la película ofrece postales del horror muy a tener en cuenta, ahogadas, eso sí, en un estilismo algo barato), realzada jocosidad macabra (heredando de la novela algunos de los parajes propios de esta característica) y unos procedimientos narrativos quizá algo ramplones que harán añorar las duras estéticas de las piezas fílimicas de Aja más intrínsecamente autorales (su debut Furia [1999], el macro-slasher Alta Tensión [2003] o el impresionante remake “craveniano” de Las Colinas Tienen Ojos [2006]).

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Una trama que, al igual que la novela, ahoga la derivación de la trama puramente policíaca (indagaciones y falsas hipótesis sobre al autor del crimen) en una especie de gaudeamus pesadillesco, con un primer acto realmente interesante que lamentablemente acabe discurriendo por un tono, mucho más artificial y postizo,  que hace que su excentricidad formal pase de ser una seña de identidad a una fallido motor narrativo. Esto viene a expresarse en que Aja se ha excedido en su búsqueda de plasmar toda la iconografía que traía implícita la novela de Joe Hill, además de pasar por alto una de sus más valedores aciertos: la narración perversa y revoltosa, aquí un mero testimonio de aquello, obviando la importancia de su abanico de personajes (algunos tan aparentemente relevantes como Lee, trascendentales en la novela, aquí yacen realmente desaprovechados). Aun así, el film, alargado de manera algo inconexa, es fiel durante todo su metraje a una especie de fascinación por el fantastique que si bien no llega a mostrar ese fatalismo sentimentaloide tan efectivo de la obra original, muestra ciertas dosificaciones de lunática y “raruna” personalidad.

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Si algo distinguía a las anteriores propuestas de Aja (obviemos trabajos puramente alimenticios, altamente disfrutables por otra parte, como Reflejos [2008] o Piraña 3D [2010]) era su fresca tonalidad, el exacerbado sentimiento por el género y un nervio narrativo muy manifiesto. Horns es un material que a todas luces se percibe como una serie de componentes en los que el director francés no se siente cómodo, aunque logre salvar su película de la tragedia plasmando con cierto estilo las extravagantes particularidades de su obra base. Una especie de weird-horror, donde Aja no duda en enseñar su gusto por la violencia más directa sólo en aquellos momentos donde la trama le deja, y que sorprende en un inesperado gran trabajo actoral: desde el propio Radcliffe, sumido en un injusto juicio previo de quienes se empeñan encasillarle en su afamado Harry Potter, hasta una imponente Juno Temple como fémina protagonista (en ella recae el peso de la parte “tragi-romántica” del film), pasando por unos interesantímo Max Minghella o las agradecidas recuperaciones de David Morse, James Remar o Kathleen Quinlan.

Recuerden que ya habíamos visitado la novela de Joe Hill en una reseña a la que pueden acceder haciendo click aquí.

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Saludos desde el Gabinete, camaradas.

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