Nos encontramos ante una de las cada vez menos subterráneas muestras del fantaterror patrio dirigida por Francisco Lara Polop, activos cineasta de la dorada década de los 70 en lo que fue su única aportación a esta adorada vertiente dentro su filmografía. De espíritu «giallesco» y con el punto de vista en una concepción del terror bastante cercana a la Hammer, su narrativa recurre al eterno y reiterativo esquema del grupo de personajes anclados en una localización ante una amenaza en el propio espacio interior (herencia del archiconocido argumento de Diez Negritos de Agatha Christie) envuelto con un exquisito gusto por la tradición gótica anglosajona que hacen de la propuesta algo atrevido, exótico y visualmente embriagador. Sigue leyendo
Críticas
Clown (Jon Watts, 2014)
La premisa de Clown es tremendamente embriagadora. Un ejemplar padre de familia propone una solución rápida al inesperado impedimento que surge en la fiesta de cumpleaños de su hijo: el payaso contratado para animar a los infantes falta a su cita y nuestro protagonista, Kent, decide un improvisado remedio, como es el de disfrazarse él mismo con un traje de payaso encontrado en uno de los inmuebles que pretende vender como gestor inmobiliario. Los problemas aparecen cuando es incapaz de despojarse de la vestimenta de tal simpática figura, punto de inicio del tormento que vivirá a continuación. Los tejidos del traje funcionan como una segunda piel para nuestro hombre y la peluca se le queda incrustada en su propio cuero cabelludo, momento en el que la película comienza a desarrollar una historia de horror que no duda en aprovechar uno de sus más siniestros atractivos, como es la reversión perversa y maligna de una figura tan presuntamente inocente como la del payaso. Sigue leyendo
Wolf Creek 2 (Greg McLean, 2013)
Al escribir sobre Wolf Creek 2 es bastante difícil abstenerse de plantear las escasas necesidades de la secuela, cuando la película de Greg McLean estrenada en el 2005 ya gozaba de un status propio que, aún amparándose en viejas aunque eternamente recurridas fórmulas, ya había alcanzando un culto casi instantáneo. Wolf Creek se lanzaría casi al momento como un clásico moderno del nuevo cine extremo arraigado en los estandartes más coléricos del horror de los años 70, convirtiendo a su antagonista, un redneck primigenio interpretado por un John Jarratt extraordinariamente desalmado, en toda una efigie primitiva de la maldad. Es precisamente con esta predisposición como se desarrolla Wolf Creek 2, que dando un ya desmesurado protagonismo a su villano aprovecha de una manera mucho más lumínica los pasajes desiertos de la Australia más profunda: si en la primera parte se exponía la aridez y asfixia de las llanuras aquí estas gozan de un componente mucho más fulguroso, que hace de esta atmósfera de un elemento algo más secundario pero que continúa imprescindible para la potencia visual de la película. Sigue leyendo
Wolf Creek (Greg McLean, 2005)
Urbanitas perdidos y sometidos al desconocido e infravalorado poder del espacio rural, siendo cruelmente ajusticiados por subestimar al lugareño ante una supuesta posición privilegiada del habitante de ciudad. Esta atractiva premisa alimentó buena parte del terror de los años 60 y 70, desde los inicios del splatter de la mano de Herschell Gordon Lewis en su 2000 Maniacos (1964), pasando por el Tobe Hooper que fomentara toda una oleada de terror que abrasaba con su calurosa y asfixiante ambientación del territorio rural con La Matanza de Texas (1974), surgiendo a raíz de ella toda una retahíla de émulos. Greg McLean parte en Wolf Creek de una premisa idéntica a la ideada por Hooper, heredando dos principios básicos: el abrumador y desasosiego provocado por la amplitud del terreno campestre (la sofocante Texas es sustituida aquí por la aridez del estéril campo australiano) y un intento de fomentar una violencia realista, dura y muy directa, que en el caso de La Matanza de Texas, en un ejercicio de ponderación de la sutileza, trabajó en base a una siniestra insinuación en detrimento de una tendencia expositiva. Supuestamente basada o inspirada en hechos reales, el poso que Wolf Creek deja en el espectador es el de un trabajado revival de aquel horror, aunque aquí se abogue por un exhibicionismo, controlado y comedido, de lo explícito de la violencia, no enturbiando la mejor de las intenciones de este tipo de propuestas: el dibujo de un terror primitivo y natural, basado en la recreación realista. Sigue leyendo
El Último Exorcismo (Daniel Stamm, 2010)
El Último Exorcismo nace como uno de los episodios más importantes del nuevo falso documental, recluida aquí en la variante del found footage, posiblemente la distinción más aprovechable y explotable de ese subgénero auspiciado en la cámara mano con su juego implícito con el espectador en el que a través de ciertas aproximaciones al metalenguaje intenta hacer pasar por verídico lo expuesto en pantalla. El film de Daniel Stamm se aleja de las propuestas más mediáticas del subgénero, como el Holocausto Caníbal (1980) de Ruggero Deodato o El Proyecto de la Bruja de Blair (1999) de Daniel Myrick, Eduardo Sánchez, heredando de ellas sólo la auto-asimilación de las formas y procesos de su impronta como mero recurso de estilo (no intenta ir más allá de elevar la etiqueta de terror a ningún otro tipo de intención lejana del lenguaje cinematográfico), predominando así sus puntos a favor en un marco formal tan limpio y enérgico como la cámara en mano. Sigue leyendo
«Memorias del Ángel Caído» (Fernando Cámara, David Alonso, 1997)
Sería curiosa la labor de entender el crecimiento paulatino del culto hacia una película, que en este caso parece extenderse de manera proporcional a lo ya lejano de su fecha de estreno. Memorias del Ángel Caído es un film que irrumpe, sin avisar, en una época que se puede entender como plena decadencia del cine de género en España. Incomprendida e ignorada en su día, su trama se centra en un ámbito parroquial donde abruptamente comienzan a suceder extraños sucesos, comportamientos y fenómenos. Para los no iniciados en este film dirigido por una dupla de (por entonces) jóvenes directores conformada por Fernando Cámara y David Alonso, no conviene tener constancia de nada más. La película se disfruta por su reversa y atmosférica concepción del terror, que plantea un dibujo abstracto del antagonismo basado en una creciente sensación de perversidad, la misma que se apodera de la película insuflándola de creciente y enigmática aureola cargada de malignidad, estallando en un desenlace repleto de turbias sensaciones y ciertas postales de momentos para el recuerdo. Sigue leyendo
Wax (Víctor Matellano, 2014)
Wax es una de esas películas que cuesta criticar. Se hace duro intentar transmitir el gran sentimiento de decepción que asola a una película realizada por alguien que ha demostrado cierto conocimiento del género, pero que acaba desembocando en una nimiedad repleta de frustración. La película de Víctor Matellano cae en un error de órdago, como es ahogarse en sus propios referentes. El director utiliza tanto vacuo esfuerzo en dejar claro todas y cada una de las influencias que parecen formar su imaginería como cineasta que hacen de la película algo vulgar y ordinario, algo que sumerge al film en un fallo imperdonable a estas alturas: la falta de entidad. Sigue leyendo
El Heredero del Diablo (Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett, 2014)
Nos encontramos ante una muestra más del ya consumido subgénero del found footage, sumamente popular en su día gracias a interesantes productos como Holocausto Caníbal (1980) o El Proyecto de la Bruja de Blair (1999), éxito acompañado en aquellos casos de una desmesurada campaña mediática originada por la supuesta veracidad de las imágenes. Lo que distancia a estos mencionados films de la mayor parte de la nueva generación que ahora parece vivir el «metraje encontrado» es que si bien el subgénero era utilizado en aquellas como una mera herramienta de construcción de la manera de impactar con la imagen, los nuevos usos con los que una generación de jóvenes cineastas reviven el subgénero se limitan en muchas ocasiones en ser un mero (e injustificado) recurso estilístico en la narración, desaprovechando su utilización y obviando muchas de sus ventajas. El Heredero del Diablo se antoja totalmente idónea para entender esto, ya que aunque el film recorre los principales recursos estéticos del found footage como pudieran ser la vista en primera persona o la cámara zarandeada, se prescinden de unas serie de características clave para que el subgénero ofrezca utilidad en la trama: la suciedad en la imagen, el cariz underground o la atmósfera híper-realista, herramientas todas ellas que conceden funcionalidad al metraje encontrado, y que eran requeridas en Holocausto Caníbal o propuestas más actuales como las sagas [•REC] o Paranormal Activity viéndose aprovechadas de estas formas narrativas tan peculiares y dejando aún lado lo precarios o manidos que pudieran ser sus argumentos.
En este caso, El Heredero del Diablo se centra en las aventuras de una joven pareja que después de su luna de miel emprenden un viaje de novios a Santo Domingo, donde serán fruto de las artimañas de un oriundo personaje para que posteriormente la mujer experimente un embarazo no esperado y unas situaciones anexas realmente perturbadoras. El principal problema de la película es que pretende ser tan leal al subgénero que acaba sumergiéndose en un recorrido previsible, cansino y aburrido por todos y cada uno de sus parámetros, no obteniendo ningún resultado favorable de ellos y cayendo además en una narración lenta, carente de atmósfera y súbitamente vacía. Como película de horror su inmersión en el género llega por ramalazos, ofreciendo una re-escritura bastante pobre de algunos de las situaciones más recurridas del cine satanista pero sin afrontar esos momentos con soltura o personalidad. Tan solo algunos enclaves de la trama llegan realmente a generar cierto interés o rendimiento hacia el producto global, como los planos de la habitual cámara nocturna (la presencia de la mujer en soledad aquí genera cierta inquietud), la secuencia de la comunión (con una conclusión previsible pero con cierta turbación) o el descubrimiento por parte del protagonista del germen de la maldición (que ya se había expuesto con anterioridad al espectador), instantes donde la película parece instaurar cierto oficio aunque lejos de la tónica general exhibida.
El film está dirigido sin pulso y con aires muy complacientes hacia los recurridos tópicos del moderno found footage por Matt Bettineli-Olpin y Tyler Gillett, tal y como hicieron en su episodio de V/H/S (2012), uno de los proyectos clave para entender el resurgimiento del subgénero aunque se vea muy claramente superado por su secuela y el capítulo de los directores de El Heredero del Diablo fuese uno de los más flojos de la propuesta. El trabajo interpretativo recae lógicamente en la pareja protagonista, formada por un Zach Gilford (Anarchy: La Noche de las Bestias [2014]) cumplidor y la televisiva Allison Miller, a la que el papel le ofrece un peso que no parece aguantar. La película que aquí nos ocupa sólo es apta para permisivos incondicionales, aunque en su desarrollo se encuentren algunos apuntes que desgraciadamente se acaban sumergiendo en un film que no acaba de despertar interés.
Saludos desde el Gabinete, camaradas.
Tusk (Kevin Smith, 2014)
A muchos aún sorprende a día de hoy el inesperado, pero a la vez necesario, giro que emprendió la carrera de Kevin Smith con su magnífica y desasosegada Red State (2011). El colega de New Jersey se había convertido en todo un icono de la comedia absurda (en todo su buen sentido) con una amalgama de películas que enardecían el sentimiento hacia el fandom, las autoreferencias constantes y la descripción emocional de toda una generación, con un variopinto grupo de personajes que acabaron por convertirse en iconos ante la fácil empatía que se podría sentir hacia ellos en los círculos en los que algunos nos movemos. Después de sonoros fracasos, Red State suponía el esperado y anunciado coqueteo de Smith con un género bastante alejado de lo que nos tenía acostumbrados, en un producto caracterizado por la falta de limitaciones autorales de quien pretende descubrir nuevos territorios; un nervio narrativo sentido y experimental que acababa cimentado un discurso de una seriedad abrumadora, y con una sutilidad pasmosa en su etiqueta de infausto y a la vez latente terror, en unas disposiciones que ya se han visto en el género con otros directores como Ti West y su The Sacrament (2013). Smith repite estos esquemas en un segundo experimento, esta vez encaminado de manera más descarada hacia el terror con Tusk, para la que se requiere la presencia de uno de los mayores atractivos de Red State: un Michael Parks, auténtico terremoto interpretativo que parece vivir una segunda juventud desde que Quentin Tarantino lo rescatase hace ya unos cuantos años, y que aquí vuelve a asombrar con uno de sus ya característicos y siempre perspicaces exhibiciones interpretativas. Sigue leyendo
Nadie Vive (Ryûhei Kitamura, 2012)
Kitamura presenta en Nadie Vive un capítulo más en su más que evidente perfilación de estilo, más patente aún desde que saltó a las américas. Desde la melancolía hacia el horror que de un relato de Clive Barker hizo en El Vagón de la Muerte (2008) , si hay algo que destaca y rotula al director de Versus (íd, 2000) o Azumi (íd, 2003) es algo ya patente en aquellas obras que rozan el culto: las inverosímiles, sorprendentes y súbitas normas que aparecen de imprevisto en sus metrajes, dando la sensación que cualquier cosa puede ocurrir tanto en la formalidad como evolución de sus cintas. Esto se presenta en Nadie Vive como una re-fórmula hacia el slasher, una de esas vertientes de constantes infranqueables, con una trama rocambolesca que presenta a un Luke Evans con anexa sobredosis testosterónica en una peculiar reversión del villano, inabordable cazador y sufrido cazado, que ejecuta bajo normas impredecibles y fórmulas rebuscadas algunos de los patrones del subgénero.
Aunque la película comienza bajo los típicos pasajes del terror rural presentando a una joven pareja perdida en inhóspitos parajes, la trama pronto se tornará en locura mostrando una disparatada historia de «mata mata», de estallidos hemoglobínicos mostrados sin tapujos y una factura hasta en cierta medida algo efectista, maquillada bajo la aridez de una tonalidad sucia hacia la oscuridad; siendo, este apunte visual, bastante efectivo. A pesar de ser un film cuyo disfrute se apoya en lo excesivo, la bizarra sensación que se palpa en algunas de las escenas principales, pronto se le pillan las claras ambiciones bufonescas del producto. Esto primeramente hacen echar en falta su etiqueta de película de género (sus formas parecen más amoldadas al splatter de acción de los primeros trabajos del realizador que al terror), además de apoyar la broma en una sobreexplotación de ciertos cánones algo machacados a estas alturas, que da poco lugar a la innovación dentro del slasher salvo su anhelo de broma macabra.
Superficial a nivel de caracteres y algo estéril en su ritmo (el film da la impresión de ser una conjunción de escenas grotescas premeditadas sin una unidad conceptual entre ellas), de ella se destaca principalmente esa oda a lo desmesurado, con poco sutiles y muy extravagantes romances con los clásicos del splatter. Acaba derrumbándose cuando su guión quiera de manera algo torpe engranar unas ligaduras con el género que Kitamura parece obviar en su narración, a pesar de alguna vuelta de tuerca digna de destacarse. Para el aficionado fiel y exquisito con este tipo de productos, como el que esto suscribe, quedarán marcadas algunas de las set pieces clave de la obra, aunque en su conjunto deje la sensación de insuficiencia para quien supo tan bien mimetizar en la pantalla el desfase mental de Clive Barker años atrás.
Saludos desde el Gabinete, camaradas.
The Babadook (Jennifer Kent, 2014)
De los áridos terrenos australianos llega la que muchos se han empeñado en ver como una de las grandes sensaciones del cine de terror de los últimos tiempos. The Babadook, dirigida por la debutante Jennifer Kent, cuenta la historia de una viuda que años después de perder a su marido le toca convivir con un hijo exageradamente aterrorizado con el personaje al que da nombre la película. Esto ocurre cuando a manos del infante llegue un extraño libro llamado «The Babadook», hasta convertirse en epicentro de una historia que sin contar nada nuevo bajo el sol sí muestra ciertos elementos que la hacen destacar entre la producción de género actual. Es en su eficiente mezcla y fomento de relaciones entre el drama y el terror donde el film se asienta acertadamente y logra perpetuar su discurso. Madre e hijo protagonizan una relación traumatizada por el temor, que supone un viaje al origen más ancestral del miedo bajo el enclave de los terrores infantiles, la creencia en el folkclore o la catastrofista sensación con la que castiga la soledad, aquí mostrada en el drama de la incapacidad de asumir la pérdida. Sigue leyendo
House of the Witchdoctor (Devon Mikolas, 2013)
Popularmente se dice que toda película de serie b debe tener al menos alguna estrella pasada del género en decadencia artística. Esta táctica, bien requerida actualmente entre la nueva generación de cineastas del terror que traen para sus productos a aquellos actores que idolatraban cuando eran púberes espectadores, se convierte casi en el principal reclamo de este House of the Witchdoctor. Y es que, como ya adelantábamos en el Coming Soon de hace semanas sobre la película, en este film nos encontramos con nada más y nada menos que Bill Moseley, reactualizado como icono del terror gracias a Rob Zombie; Leslie Easterbrook, la voluptosa y espectacular teniente Callahan de la saga Loca Academia de Policía (también rescatada por Zombie en Los Renegados del Diablo y Halloween. El Origen; Dyanne Thorne, uno de los mayores iconos de la sexploitation gracias a la saga de Isla, la dominatrix nazi, que aquí además estará acompañada por su marido Howard Mauer (compañero de reparto habitual de la actriz, la misma que vive ahora en un retiro interpretativo cobrando por sus autógrafos en las convenciones de fans).

















