“Wolf Creek 2” (Greg McLean, 2013)

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Al escribir sobre Wolf Creek 2 es bastante difícil abstenerse de plantear las escasas necesidades de la secuela, cuando la película de Greg McLean estrenada en el 2005 ya gozaba de un status propio que, aún amparándose en viejas aunque eternamente recurridas fórmulas, ya había alcanzando un culto casi instantáneo. Wolf Creek se lanzaría casi al momento como un clásico moderno del nuevo cine extremo arraigado en los estandartes más coléricos del horror de los años 70, convirtiendo a su antagonista, un redneck primigenio interpretado por un John Jarratt extraordinariamente desalmado, en toda una efigie primitiva de la maldad. Es precisamente con esta predisposición como se desarrolla Wolf Creek 2, que dando un ya desmesurado protagonismo a su villano aprovecha de una manera mucho más lumínica los pasajes desiertos de la Australia más profunda: si en la primera parte se exponía la aridez y asfixia de las llanuras aquí estas gozan de un componente mucho más fulguroso, que hace de esta atmósfera de un elemento algo más secundario pero que continúa imprescindible para la potencia visual de la película.

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El cruel Mick Taylor se convierte aquí en total protagonista de la función desde la primera escena. Esta se confabula como un eficaz opening en el que nuestro cazador favorito vengará con su peculiar estilo, primigenio y desorbitado, la actitud petulante de una pareja de policías, en la que posiblemente es el momento favorito del film para quien esto escribe. El resto de la película se desarrolla como una serie de secuencias en las que Taylor cometerá mil y una persecuciones y atrocidades contra varios de los urbanitas que se dejen caer por los alrededores del cráter de Wolf Creek, dentro de un estilo en el que McLean ya se olvida de cualquier floritura narrativa para ensamblar directamente con el horror, bailando entre la hemoglobina desmedida del  splatter y la sumisión insolente del torture porn. Wolf Creek 2 apunta mucho más bajo que su predecesora, con pretensiones que son mucho menos insaciables; esto la hace disfrutable de principio a fin, ya que McLean embauca el film por una narrativa en la que se siente especialmente cómodo encarrilando la narración beneficiándose de lo icónico de Taylor, para quien sirve el conjunto de escenas como un circo del horror.

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La película ha de sumirse como ávida explotación de la primera película, desarrollando una aprovechamiento desprejuiciado de Mick Taylor. Wolf Creek 2 está hecha a su medida (aunque en la primera parte funcionase como invitado de honor a la ejemplar construcción de horror que planteaba McLean) y así John Jarratt excede hasta el último momento los tics de su personaje. Este se apropia de un perverso histrionismo que acabará potenciando un carisma mucho más ácido y mordaz (de manera aún más manifiesta que en el film predecesor), ejemplificado en otra escena digna de recordar donde Taylor someterá a un inesperado interrogatorio a su última víctima. En esta segunda parte se vislumbra ante todo ciertas libertades artísticas por parte de su creador, que escapa a cualquier tipo de mayor pretensión que la de la fidelidad al género (a pesar de un emocionante coqueteo con el cine de acción con una secuencia ya mítica con canguros, como no podía ser de otra forma, de por medio) del que maneja con brío su narración: los 105 minutos de duración están muy bien equilibrados en cuanto a ritmo y subidas de tensión, haciendo las pausas pertinentes en las necesarias escenas proclives al impacto de la violencia. Estas secuencias gozan del encanto suficiente para encandilar al aficionado (y con algún punto de inesperada resolución en su tercio final, donde la dilatación del paisaje rural es sustituido por un espacio cerrado), lo que hace de este Wolf Creek 2 una película a disfrutar, en especial para los amantes de la carne. Por resumir en pocas palabras, podemos hablar de la cinta como el exploit del revival, con la inherente encanto que esta cohesión de conceptos pueda sugerir.

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Saludos desde el Gabinete, camaradas.

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